Russell Casse

Russell Casse (1950 el 4 de julio de 1996) fue un piloto de combate y fumigador agrícola de la Guerra de Vietnam, originario del Valle Imperial, California. Profeta a tiempo parcial, alcohólico a tiempo completo y único ser humano que logró que el Área 51 le diera las gracias. 

Se sacrificó para destruir un Destructor de Ciudades que amenazaba el Área 51 durante la Guerra de 1996. Y todo eso con 2,3 gramos de alcohol en sangre y la ITV de la avioneta caducada desde el 89.

Años de gloria: Vietnam y el F-4 Phantom II

Antes de caer en desgracia, Russell fue un talentoso piloto de F-4 Phantom II de la USAF en Vietnam. Condecorado, temerario y con más horas de vuelo que de terapia.

Al regresar, el ejército le diagnosticó lo que en la época se llamaba "estar un poco raro de volver" y que ahora llamamos Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Es decir: no dormía, bebía, veía cosas y nadie le creía. El pack completo del veterano americano sin cobertura médica.

El incidente de 1986. La abducción.

En 1986, según su propia declaración jurada ante un barman, fue secuestrado por seres extraterrestres que experimentaron médicamente con él durante varios días para estudiar la anatomía y debilidades humanas.

Según su versión, le hicieron pruebas invasivas y dolorosas. Según la otra versión, más extendida en el pueblo, lo violaron con una maqueta de cohete espacial a escala 1:1. Él siempre insistió en que fue por la ciencia. El pueblo insistió en que fue por el morbo.

Desde entonces desarrolló una fijación. Que no era paranoia si al final tenían razón.

Decadencia, familia y agricultura de precisión etílica

Debido a su obsesión y a sus crecientes problemas con el alcohol, Russell descuidó a su esposa enferma, quien terminó falleciendo. No es que fuera mal tipo, es que en aquella época confundía las sesiones de quimioterapia con ir al bar.

Tras enviudar, se mudó con sus tres hijos a una caravana deteriorada en medio de un secarral.

Vivían de forma nómada mientras él trabajaba como piloto fumigador en el Valle Imperial. Trabajo que desempeñaba con una brillantez intermitente. Sobrio, fumigaba cosechas. Borracho, fumigaba escuelas, aparcamientos, barbacoas y, en una ocasión legendaria, al propio sheriff. De ahí que se ganara el desprecio del pueblo, la vergüenza de sus hijos y el cariño incondicional de Monsanto.

El profeta del apocalipsis

En junio de 1996, días antes de la gran invasión, Russell tuvo una corazonada. Que los cabrones grises volvían. Y esta vez no venían a ponerle sondas.

Presintiendo que regresarían para exterminar a la humanidad, entró en pánico lúcido. Utilizó su avioneta fumigadora para lanzar miles de folletos de advertencia escritos a mano sobre el ayuntamiento, la iglesia y el bar. Folletos que decían:

 "¡VIENEN! ¡LO JURO POR MI MADRE QUE ESTA VEZ NO VOY BORRACHO!".

La policía lo arrestó por alteración del orden público, vuelo temerario y esparcir propaganda de pánico. Lo soltaron dos días después, justo cuando naves de 25 kilómetros empezaron a tapar el sol. El agente que lo detuvo todavía tiene guardado el folleto enmarcado con una nota: "Tenía razón el puto loco".

Muerte

Murió heroicamente durante la batalla final en el Área 51 el 4 de julio de 1996. Día de la Independencia. 

El plan era disparar su último AIM-120 contra el cañón principal del Destructor. El mecanismo de disparo, como toda la tecnología americana de los 90, falló. Así que Russell hizo lo único lógico que haría un padre divorciado, arruinado y con resaca desde 1986: pisar el acelerador y gritar.

Estrelló su F/A-18 Hornet directamente contra el arma enemiga, provocando una reacción en cadena que voló la nave entera. Sus famosas últimas palabras por radio, retransmitidas a toda la base, fueron:

"¡Hola, chicos! ¡He vuelto!"

Otras fuentes, más sobrias y menos patrióticas, sostienen que simplemente volvió a empinar el codo, se desorientó y se estrelló contra lo primero grande y con luces que vio. El resultado, en cualquier caso, fue el mismo: salvó al mundo.

Y lo más jodido de todo: de haber estado sobrio toda su vida, habría sido el tío que salvaba el universo cada martes. Siendo alcohólico, solo lo salvó una vez. 

Legado

El gobierno de EE. UU. limpió su nombre, le devolvió los honores, le puso una medalla póstuma y lo convirtió en leyenda militar oficial. Pasó de "el loco que fumiga niños" a "el héroe que nos enseñó que hasta el último desgraciado puede ser útil".

Iban a hacerle una estatua de bronce de 10 metros y un desfile anual con su avioneta.

Pero al final prefirieron gastar ese dinero en un informe de 400 páginas sobre perspectiva de género y biodiversidad de líquenes en un pueblo de Albacete. Que también salva al mundo, suponemos, pero de otra manera.


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