San Frenando

San Frenando, fue un santo que por motivos que se desconocen, acabó siendo patrón de los que llegan tarde incluso cuando salen temprano, 

Nació según fuentes que nadie ha verificado en algún lugar entre Cuenca y un descampado que había cerca. Se llegaba un rato a pie y otro caminando.

Desde pequeño mostró señales de santidad: cada vez que intentaba hacer algo, lo hacía casi bien. No bien del todo, pero tampoco mal. 

Su primer milagro documentado ocurrió a los ocho años, cuando intentó correr en clase de gimnasia. Dio tres pasos, se tropezó con su propio entusiasmo y cayó tan lentamente que los profesores tuvieron tiempo de tomar café, comentar el clima y volver antes de que tocara el suelo. 

Desde entonces se le atribuye el don de la caída pausada, muy útil para quienes desean dramatizar sin lesionarse.

Durante su juventud, San Frenando desarrolló su habilidad más conocida: Era capaz de detener cualquier conversación incómoda simplemente diciendo “bueno…” y mirándose la mano como mirando la hora. La gente, confundida, se iba, ya que el reloj no se había inventado. Milagro aprobado por el Vaticano en 1998.

Su iconografía es muy reconocible: aparece siempre con una sandalia en la mano (porque nunca encontraba la otra), un reloj parado a las 17:43 y una expresión de “yo venía a otra cosa”. En algunas representaciones sostiene un semáforo en ámbar eterno, símbolo de su filosofía vital: ni sí ni no, sino todo lo contrario.

Entre sus devotos destacan:

Los que dicen “voy en camino” cuando aún están en la ducha.  

Los que frenan en las rotondas sin motivo aparente.  

Los que responden “depende” incluso cuando les preguntan la hora.  

Su festividad se celebra el 32 de febrero, fecha que él mismo eligió para evitar aglomeraciones. Ese día, los fieles realizan el tradicional Rito del Paso Dudoso: se acercan a una puerta, la abren, la cierran, la vuelven a abrir, y finalmente deciden que mejor mañana.

San Frenando murió a los 87 años, que fue cuando conoció Martirio, que era el nombre de su mujer.

Aunque algunos historiadores sostienen que simplemente se quedó quieto y nadie se dio cuenta. Su cuerpo incorrupto (o inmóvil, no está claro) se conserva en un museo que abre “cuando el encargado llegue”.

Hoy, su legado sigue vivo en cada persona que frena sin razón, en cada alma que duda antes de pulsar “enviar”, en cada humano que dice “cinco minutos más” y se despierta en 2047.

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